Ayer íbamos Kirikú, mi Chiquitina y yo a la celebración del cumpleaños de un amigo. Durante todo el camino, Kirikú se iba quejando de lo cansado que estaba. Tanto se quejaba que acabé por irritarme: "¿Y qué quieres que haga si no puedo llevarte en brazos? ¿Nos volvemos a casa?" Dijo que no, y siguió caminando con gesto de fastidio. Esta mañana ha amanecido con fiebre, y ahora lo tengo a mi lado durmiendo.
Desde hace dos días, mi Chiquitina llora cada vez que está en brazos de su otra persona, y en cuanto la tengo yo se calla y ríe. La abuela no para de especular: "¿Tendrá caca?, ¿Estará con los dientes?". "No sé, abuela, cosas de bebés".
Con esta frase quiero decir que a veces es imposible saber por qué un niño llora o se queja, y que no merece la pena andar indagando, si con un poco de comprensión se calma.
Muchas veces los niños tienen conductas que nos molestan, y como no saben explicarse (a veces ni ellos mismos saben por qué lo hacen) nos enfadamos con ellos.
Kirikú se estaba poniendo malo, y si yo lo hubiera sabido habría tenido más paciencia.

En una ocasión, estando yo de profesora de apoyo, había una niña en la clase de tres años que tenía muchas rabietas. La profesora se enfadaba mucho con ella y la castigaba cada dos por tres. Finalmente tuvo una tutoría con los padres para hablar del tema, y se enteró de que el padre se estaba muriendo de cáncer.
"¿Por qué no me lo habían dicho?", me comentó la maestra, "Si me lo hubieran contado habría comprendido mejor a la niña".
Yo aprendí la lección en piel ajena, y me dije que no hay que esperar a tener información para comprender a los niños. Siempre tienen sus motivos.