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lunes, 14 de noviembre de 2011

UN HECHO ESCOLAR

Son casi las diez. La asamblea, en la que tan solo habla la profe, lleva tres cuartos de hora funcionando, y los niños apenas se mueven de su sitio. Algo que parece un milagro, teniendo en cuenta que sólo tienen tres años. A. tiene un juguete pequeño en la mano. No se ve bien lo que es, pero lo manipula en silencio esperando a que termine la asamblea. De pronto, sin dejar de hablar del otoño, la maestra se levanta y le quita el juguete a A., se vuelve a sentar y continúa su charla. A. está compungido, el juguete debe ser importante para él, porque se tapa la cara para reprimir el llanto. La maestra vuelve a levantarse y le coge de la mano. "Ven aquí", le dice, "si no sabes comportarte como un mayor, te vas a tu sitio a sentarte". A. se resiste, no quiere que le separen del grupo y le sienten a él solo en una silla. "Es el momento de aprender, no de jugar", dice la profesora. A. insiste, quiere quedarse con todos en la alfombra. La maestra vuelve a su silla y continúa diez minutos más con la asamblea.
A. no sólo reprime el llanto, también el gesto de desdicha.

A menudo siento dolor por los niños que están en los colegios.
Y a menudo siento vergüenza, ya no sólo por la falta de formación que tenemos los maestros, que no sabemos realmente cómo funciona un niño, ni lo que necesita para desarrollarse; sino también las actitudes autoritarias y sin sentido, que hacen mucho daño a estas pequeñas criaturas, que son nuestro futuro.

miércoles, 23 de febrero de 2011

"COSAS DE NIÑOS, COSAS DE BEBES"

Ayer íbamos Kirikú, mi Chiquitina y yo a la celebración del cumpleaños de un amigo. Durante todo el camino, Kirikú se iba quejando de lo cansado que estaba. Tanto se quejaba que acabé por irritarme: "¿Y qué quieres que haga si no puedo llevarte en brazos? ¿Nos volvemos a casa?" Dijo que no, y siguió caminando con gesto de fastidio. Esta mañana ha amanecido con fiebre, y ahora lo tengo a mi lado durmiendo.
Desde hace dos días, mi Chiquitina llora cada vez que está en brazos de su otra persona, y en cuanto la tengo yo se calla y ríe. La abuela no para de especular: "¿Tendrá caca?, ¿Estará con los dientes?". "No sé, abuela, cosas de bebés".
Con esta frase quiero decir que a veces es imposible saber por qué un niño llora o se queja, y que no merece la pena andar indagando, si con un poco de comprensión se calma.
Muchas veces los niños tienen conductas que nos molestan, y como no saben explicarse (a veces ni ellos mismos saben por qué lo hacen) nos enfadamos con ellos.
Kirikú se estaba poniendo malo, y si yo lo hubiera sabido habría tenido más paciencia.
Hoy he pensado que tendría que haber sido más amable con él desde el principio. Si tenemos claro y asumimos que los niños tienen siempre un motivo para hacer lo que hacen trataríamos los conflictos de otra manera.
En una ocasión, estando yo de profesora de apoyo, había una niña en la clase de tres años que tenía muchas rabietas. La profesora se enfadaba mucho con ella y la castigaba cada dos por tres. Finalmente tuvo una tutoría con los padres para hablar del tema, y se enteró de que el padre se estaba muriendo de cáncer.
"¿Por qué no me lo habían dicho?", me comentó la maestra, "Si me lo hubieran contado habría comprendido mejor a la niña".
Yo aprendí la lección en piel ajena, y me dije que no hay que esperar a tener información para comprender a los niños. Siempre tienen sus motivos.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Un hecho escolar



Me llegó a las manos este relato de un hecho real. Lo publico con el permiso de su autor. He cambiado los nombres:


Principios de Noviembre, hace ya mes y medio que comenzó el curso.
El nivel de llantos en la escuela infantil ha bajado considerablemente, había muchos niños nuevos y eso ha hecho que el periodo de adaptación fuera largo y duro.
Pero Roberto sigue llorando.
Todos los días llora. Durante mucho rato.
Las educadoras del grupo de 1 año le arrancan de los brazos de su madre para que ésta se pueda ir. Intentan consolarle pero Roberto sigue llorando. Toda la mañana llorando.
Una mañana sus educadoras deciden que es demasiado y que hay que poner fin al tema.

Elena, le dice: "Ya está bien, deja de llorar ya. Si vas a seguir llorando te quedas ahí". Le mete en el baño, donde los niños de dos años y las educadoras andan con los cambios de pañales, e intenta cerrar la puerta. Roberto sigue llorando, ahora más fuerte y mirando a ELena, los demás niños le miran a él.
"¡Uy, pobrecito!",le dice una de las otras educadoras a Elena "¿pero no te da pena, chica?"
"¿Tú sabes lo que es escuchar esto durante dos meses?" responde Elena.
"Sí, claro que lo sé", contesta la otra.
Roberto se calla entre hipidos y mira a Elena.
"¿Ya está?" dice ésta "Pues, hala, vamos a la clase".
Y los dos entran.


De este hecho se pueden sacar muchas reflexiones, y abrir incluso un debate. Escenas así ocurren a menudo en los centros escolares, y de la cotidianeidad hacemos normalidad.
Que unos niños se pasen dos meses llorando es un drama y no debería ser normal.
Que unas educadoras soporten durante dos meses el nivel de estrés que esto supone es un drama y no debería ser normal.
Que la solución pase por inhibir la expresión de sentimientos del niño es un drama y no debería ser "lo correcto".
¿Qué estamos haciendo con nuestros niños? Esto es una cadena social que nos afecta a todos, me explico:
- Vivimos un sistema económico que hace que unos pocos se lucren a costa del esfuerzo y sacrificio de muchos. Para que esto sea así, todos: hombres y mujeres, deben dedicar mucho tiempo al trabajo. Por lo tanto, no pueden atender y criar a sus hijos adecuadamente.
- Es por eso que el propio sistema crea recursos para (con poco dinero) "guardar" a los niños mientras sus padres y madres son explotados.
- Los niños desde muy pequeñitos son separados de sus madres, pero éstas aceptan porque les han vendido la milonga de que es educativo y bueno para los niños.
- Los niños lloran, sufren.
- Las educadoras/os, maestras/os, etc, que al final nos creemos eso de lo educativo intentamos hacer las cosas bien, pero el sistema económico, que no tiene previsto gastarse mucho dinero en los niños (porque si no sería más rentable dejar de explotar a las madres), no permite que las condiciones de las criaturas y de sus cuidadores sean las adecuadas.
- Los niños lloran y sufren más.
- Para tapar esto, se nos vende también la milonga de la autonomía y el control de las emociones, y obligamos a un niño de año y medio a tragarse sus lágrimas.
- Los niños no lloran, pero sufren mucho más.

Vivimos engañados, pero los que pagan el pato sobre todo son los niños y... vaya ¿quien va a sacar el país adelante dentro de cuarenta años? ¿Un Roberto resentido?












lunes, 27 de julio de 2009

Lo que percibimos como normal

Ayer mismo, una gran amiga mía, maestra también, me confesó que cuando era más joven, y comenzaba su andadura por el mundo de la enseñanza había hecho cosas con los niños de las que ahora se arrepiente: cosas como obligarles a comer o gritarles, o permitir que otros lo hagan. "Yo también", contesté, "y no hace tanto de eso".
Me gustaría no haber hecho nada de lo que ahora considero maltrato, para tener mi "expediente limpio", y poder arremeter con tranquilidad contra todos los que sí lo hacen.
Pero la vida no es así. Los seres humanos no somos como en las películas disney, o muy buenos o muy malos. Hacemos cosas que ayudan a crecer y ser felices a los demás y a nosotros mismos y hacemos otras equivocadas que destruyen.
Y hay muchas conductas que están socialmente establecidas y vemos como normales y necesarias. Conductas como obligar a comer a un niño, - porque si no estará desnutrido o será un consentido-, como gritar o castigar, - para moldear su carácter-, como empujarles a que maduren de manera antinatural... y cosas que seguramente no soy capaz de ver porque aún las considero normales y necesarias.
Y entonces, cuando descubres otros valores (al tener un hijo, al conocer otra gente, al leer,...) comienzas a ver la realidad desde otra perspectiva, y te das cuenta de que con los niños, en nuestra sociedad, tenemos actitudes prepotentes, egoístas y maltratadoras.
Con la excusa de la educación soltamos nuestras frustraciones y venganzas de lo que nos hicieron de pequeños. La rabia que tenemos acumulada, la volcamos en nuestros niños porque sabemos que está socialmente permitido, y nos engañamos a nosotros mismos diciéndonos que es por su bien.
Pero debemos desmantelar todo ese entramado psicológico y ponernos en el lugar del niño. Tratar al niño como nos gusta que nos traten a nosotros, y como nos gustaría que nos hubieran tratado de pequeños: con respeto.