Es lo que me pasaba con W., hasta el viernes.
La profe estuvo mala y me pasé casi toda la mañana con ellos. En un momento descubrí la cara de W y la asocié a su nombre. Entonces me percaté de que era un niño tímido y callado, me miraba de medio lado, aunque estaba más atento a mí que yo a él.
Al volver del recreo estuvimos todos hablando acerca de un incident

Le pregunté a J, que estaba sentado a su lado:
"¿Tú le entiendes?"
"No"
W volvió a repetir su frase.
"Dice que escucha", sentenció J. W negó con la cabeza, no era eso.
"Que está pocha", aventuró otra niña. Tampoco.
Llevada por mi impaciencia, y convencida de que no le iba a entender (quizá fuera una expresión sudamericana), le acaricié la cabeza y retomé el curso de la clase.
Pero W no se dio por vencido. Un poco después, cuando se pusieron a jugar con plastilina y me vio libre, me llamó para que me acercara. Volvió a repetir su frase punto por punto, y yo seguía igual. Pero J, atento y espabilado él, vio la luz.
"Dice que su mamá le ha comprado un coche".
"Ah, ¿mamá te ha comprado un coche?", repetí vocalizando claramente. W por fin asintió.
"Por fin te hemos entendido, W, di coche, coooche".
"Yo sí le entiendo", dijo J, visiblemente satisfecho.
"Tú será mi traductor". Acaricié el pelo a los dos y me aparté de la mesa.
Por la noche me acordé de W, y me di cuenta de que ya había entrado en mi corazón (Pues J, ya estaba en él desde principio de curso), me maravilló ese tesón por ser escuchado, aunque no tuviera nada que ver con lo que en ese momento estábamos hablando, se acordaba de su madre, de su coche y quería compartirlo con la persona que en ese momento era referencia para él. Me di cuenta una vez más el milagro que es cada uno de los niños.
Luego pensé en lo necia que fui: aquella escena tan bonita la estropeë procurando que W repitiera coche, y es que a una le cuesta quitarse de encima los lastres de la vieja escuela.
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